Continúa la historia (III)

Entró al bar, se acercó a la barra, se sentó y pidió una copa. Unos minutos después sacó del bolsillo una pequeña caja y le dijo al camarero…

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8 comentarios en “Continúa la historia (III)”

  1. La cuenta , por favor
    Pagó y se marchó dejando la caja sobre la barra. Ya era hora de cerrar el bar.
    El dueño empezó a limpiar, amontonar sillas, barrer y se percató de la cajita sobre la barra. Al abrirla vio que estaba vacía y la tiro al suelo para barrerla juntamente con todo lo demás. Cerro el bar y ya en su casa notó pequeños pinchazos por las piernas, se rascó, al rato otros pinchazos por el estomago, volvió a rascarse y ya por último por todo el cuerpo. Se levanto la camisa y ¡horror! puntitos negros por todo el cuerpo. Pulgas!!!!! exclamo.
    Lejos de allí, un hombre, el mismo que había estado bebiendo en el bar, sonreía delante del televisor pensando en la cajita y como días atrás le habían servido una especie de matarratas en vez de una copa.
    A mi también me pico lo que me serviste, pensó.

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  2. – Esta tarde voy a pedirle la mano a mi chica.

    – Qué gran noticia, señor. – contestó el camarero sarcásticamente.

    – Es guapa ¿sabe? Toda una belleza.

    – No lo niego, señor. Imagino que también será rica.

    – No se puede hacer ni idea; su capital es quizás ligeramente inferior al del duque más pudiente.

    De repente al camarero se le dibujó una sonrisa malévola:

    – Y también imagino que pretenderá adueñarse de todo él, ¿estoy en lo cierto?

    El hombre apuró lo que le quedaba de su copa y le correspondió otra sonrisa desagradable:

    – Totalmente – y ambos se rieron.

    César Peláez era quizá el hombre más cruel y despiadado de todos los que pudiera haber en Villaimpune, un pueblucho destartalado muy alejado de la ciudad capital y donde, como su propio nombre indica, se cometían día tras día, sin excepción, toda clase de crímenes con total impunidad, sin la existencia de alguna unidad policial que los frenara. La mayoría de sus habitantes eran canallas de primer nivel, gentuza sin escrúpulos ni misericordia, y César Peláez ocupaba el puesto número uno: hombre muy apuesto y seguro de sí mismo, conocido por todos los habitantes del pueblo, mujeriego impenitente capaz de seducir a cualquier muchacha. Su truco era muy sencillo: veía una chica, le mostraba sus encantos masculinos hasta hacer que se enamorase de él y luego, le rompía el corazón y la abandonaba después de embarazarla, olvidándose completamente de ella y de su bebé. Sin embargo, si la chica tenía algo que ofrecerle, normalmente dinero, como ha sido el caso de sus tres matrimonios anteriores, mujeres adineradas que vivían a las afueras del pueblo, empleaba otra metodología: las enamoraba hasta pedirles la mano y casarse y después abusaba de ellas tanto física como psicológicamente haciéndoles su vida miserable hasta el punto de querer suicidarse y, en caso de que no lograra matarlas de ese modo, las asesinaba él mismo mientras dormían, como ha sido el caso de su última esposa, muerta por un tiro de pistola en el cráneo. Los periódicos se hicieron eco de esos tres asesinatos, pero Peláez, heredero de tres capitales considerables, los sobornaba para que tergiversaran la información y dijeran que esas tres muertes habían sido fruto de accidentes provocados por las mismas mujeres o por enfermedad, saliéndose siempre con la suya.

    “Con Sandra no va a ser diferente” pensaba Peláez muy divertido mientras bebía una segunda copa. Sandra García-Argüelles era una mujer que procedía de una familia adinerada de empresarios dedicada a la venta de automóviles. Su físico haría las delicias de cualquier hombre que la mirara, siendo una mujer de menos de 30 años, de cabello y piel morenos y de cuerpo esbelto y sinuoso pero que, sin embargo, lo que tenía en belleza le faltaba en inteligencia; desde el primer momento en que conoció a Peláez, hará cuatro meses, cuando se mudó a Villaimpune por motivos laborales, siempre se había mostrado muy sumisa con él, haciéndole cualquier cosa que le pidiera sin cuestionársela, por muy absurda que fuera, quedando como una persona sin ningún tipo de personalidad. “De todas formas, qué más da que sea tan corta” seguía pensando, ya habiendo vaciado del todo el contenido de la copa, “A mí lo que de verdad me importa es su dinero”.

    – ¿Podría ver el anillo, señor? – le preguntó el camarero interrumpiéndole sus pensamientos.

    Peláez lo pensó un momento antes de quitarle la tapa a la cajita y dejando ver en primer lugar un resplandor que cegó por un segundo los ojos del camarero, viéndose inmediatamente después su contenido: una sortija de oro macizo con un gran diamante de mínimo cuatro quilates.

    – Veo que con esta moza ha tirado la casa por la ventana, señor – dijo burlonamente.

    – ¿Esta sortija? – contestó Peláez tras soltar una carcajada siniestra – No la he comprado, pertenecía a mi pobre difunta segunda esposa.

    Los dos volvieron a echarse a reír y esta vez de manera más estridente y malévola que la anterior.

    (…)

    Eran las seis y media de la tarde y Peláez y Sandra estaban sentados en un banco del único parque del pueblo: un terreno mal pavimentado, cubierto por todas partes de malas hierbas y vegetación mustia y con una fuente de piedra, sucia y resquebrajada, que ni siquiera funcionaba. Ambos estaban cogidos de las manos y se miraban tiernamente el uno a la otra, sin articular palabra. Dicha estabilidad se rompió cuando Peláez en un momento se levantaba del banco, se arrodillaba delante de Sandra, se sacaba del bolsillo de la chaqueta la cajita y la abría dejando al descubierto la sortija.

    – Sandra García-Argüelles – decía, mirándola fijamente con ojos de cachorrillo inocente- Estos cuatro meses que he estado contigo a tu lado han sido los mejores de mi vida. Durante este tiempo me has hecho el hombre más dichoso y feliz del mundo y quería preguntarte… ¿Querrías ser mi esposa?

    Sandra abrió mucho los ojos al oír esa última pregunta; su boca estaba ansiosa por articular una frase, pero solo salió de ella un sonido apenas audible. “Debe estar muy conmocionada, pobrecita” pensaba burlón Peláez. Sandra permaneció unos segundos así, muda e inmóvil, ante un paciente Peláez, hasta que su boca por fin se curvó en una sonrisa y pudo decir:

    – Yo no, pero ellas sí.

    Peláez al oír eso último se quedó desconcertado, tiempo suficiente para que Sandra rápidamente le diera un empujón y cayera bocarriba, mientras ella le situaba los brazos por encima de la espalda y le colocaba unas esposas en sus muñecas.

    – Don César Peláez, –le dijo con voz firme- queda detenido por los asesinatos de las señoras Pilar Roces, Amparo Quirós y Vicenta Cienfuegos.

    Peláez estaba aturdido por el empujón que le hizo darse de morros contra el pavimento y no la escuchó. Sandra sacó del interior de su chaqueta un walkie-talkie:

    – ¡Ya lo tengo!-transmitió- Parque de la Melancolía, traigan el coche patrulla.

    Luego levantó violentamente a Peláez del suelo y lo puso también sin ninguna delicadeza en el banco en el que acaban de estar:

    – Quédate sentadito, en seguida vendrán a por ti. A todo cerdo le llega su San Martín y ahora te ha llegado el tuyo, demasiado tarde para mi gusto.

    El otro seguía antontado. Por una fosa nasal le corría un hilo de sangre, que manchaba su boca y su barbilla. Sandra prosiguió:

    – Mi nombre real no es Sandra García-Argüelles, de hecho nunca existió una familia García-Argüelles dedicada a la venta de automóviles; yo en realidad me llamo Violeta Miranda, comisario de la Policía de la ciudad capital. No sabes el tiempo que llevamos investigando esas muertes, porque sabíamos que había gato encerrado en lo que decían los periódicos de Villaimpune; nos parecía demasiada casualidad que tres mujeres hubieran estado casadas contigo y que hubieran muerto durante el matrimonio de manera accidental o por enfermedad. Así que decidimos enviar un grupo policial aquí para esclarecer los hechos.
    Peláez poco a poco iba recobrando la conciencia. De su boca entreabierta se podía vislumbrar una dentadura ensangrentada, a la que le faltaba algún diente.

    – Interrogamos a todo el personal del periódico – continuó- y lamentablemente les sonsacamos toda la información a malas, torturándolos; de verdad, es muy triste que con vosotros tengamos que llegar a esos extremos, parece ser que solo entendéis las cosas a las malas. Pero en fin, pudimos confirmar del todo que habías sido tú el culpable y que además les sobornabas a cambio de que lo encubrieran. No se puede ser más rata asquerosa -y dicho esto le escupió en el ojo.

    Se podía oír el ruido de la sirena policial, acercándose más y más. Peláez recobró del todo la conciencia y cuando intentó mover los brazos para estirarse, supo, horrorizado, que se los habían inmovilizado. Sandra, o Violeta, pareció percatarse de ello y sacó también de dentro de su chaqueta una placa policial y se la puso delante de sus narices. Al principio le extrañó por qué Sandra tenía una placa policial, pero muy rápidamente ató cabos y al final tuvo que tragar saliva.

    – Sí, miserable gusano, te engañé – se rió Violeta amargamente- Era más fácil pescarte haciéndome pasar por una chica sin luces, que aparentemente no te supondría peligro alguno. Y te tragaste el anzuelo.
    Un coche policial se situó al lado de la entrada principal del parque. Violeta agarró a Peláez por el cuello de la chaqueta y se lo llevó a rastras hasta el coche. Una vez fuera del parque, lo metió en el asiento trasero del coche empujándolo. Peláez tenía lágrimas en los ojos; estaba muy asustado.

    – Estás condenado a cadena perpetua, Peláez. Y estamos pensando si también te condenamos a muerte, aunque no deberíamos ablandarnos ante un ser tan despreciable como tú. Pero tranquilo: en la cárcel podrás fornicar todo lo que quieras….Pero no precisamente con mujeres- y terminó la frase con una risotada muy seca, desagradable.

    Y dicho esto, el coche patrulla arrancó y se alejó rápidamente del parque, con un César Peláez muy vulnerable y miserable.

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  3. -Disculpe, caballero, voy a ir un momento al baño. ¿Sería usted tan amable de cuidarme esta caja, por favor?

    El camarero miró al hombre. Era un anciano de aspecto pobre, casi de vagabundo, afectado de un leve estrabismo. Y, por su forma de vocalizar, no parecía estar tampoco demasiado cuerdo.

    -Sí, señor, no se preocupe, yo se la guardo.

    -Gracias- respondió el anciano.- Eso sí, sólo le pido una cosa más: ni por nada del mundo la abra. ¿De acuerdo?

    Acto seguido, se dirigió al cuarto de baño.
    El camarero observó con interés la caja, tras aquella última y extraña advertencia.
    Era del tamaño de una caja de cerillas largas y se mostraba bastante vieja y desgastada. Su degradado color beige también le daba un aspecto sucio. Sin embargo, parecía estar hecha de un cartón de buena calidad, y un bonito trébol de color verde decoraba su tapa.

    “¿Qué habrá dentro?”, pensaba el camarero con curiosidad. “¿Por qué será tan importante no abrirla?”.

    Intentó olvidar el asunto y regresar a su trabajo, pero no lo consiguió. La curiosidad era demasiado fuerte y no lograba centrarse en sus tareas.
    Así pues, tomó una decisión. Al fin y al cabo, el anciano aún no había regresado del baño, con lo que tampoco se iba a enterar…
    El camarero abrió la caja.
    Y una terrible decepción se apoderó de él: estaba vacía. Sólo había en ella restos de pelusa de polvo, arenilla y demás sustancias que se acumulan en las cosas viejas que llevan largo tiempo sin ser usadas.
    Sintiéndose un poco estúpido y engañado, volvió a cerrar la caja. Y ahora sí que se disponía a regresar en serio a sus quehaceres, cuando vio al anciano salir por la puerta del cuarto de baño.

    “¡Uuuff, por poco!”, pensó el camarero con un leve escalofrío, ocasionado por la vergüenza. “Casi me pilla…”.

    El anciano vagabundo se acercó a la barra y agarró su copa y su caja.

    -Muchas gracias, señor- le dijo al camarero, con una amplia y amable sonrisa.

    A continuación, se dirigió a una de las mesas del todavía vacío bar y se sentó, dándole pequeños sorbos a su bebida. Dejó la caja sobre la mesa, a un lado, sin prestarle especial atención.

    “En fin, un chiflado”, pensó el camarero moviendo la cabeza y volviendo, ya definitivamente, a su trabajo.

    Unos minutos más tarde, entró en el bar una mujer de mediana edad, de aspecto adinerado. Con muy buena educación (pero también con muchos aires), le pidió al camarero un café. Cuando fue servida, la señora se dirigió a otra de las mesas, concretamente a una bien alejada de la que ocupaba aquel horrible y viejo mendigo con el que sus ojos habían tenido la desgracia de tropezar.

    “¡Qué asco, de verdad! Definitivamente, éste es un lugar en el que dejan entrar a cualquiera”, pensó la mujer, con desdén.
    Sin embargo, su ‘desgracia’ no terminó ahí: apenas se había sentado en su mesa, vio al mendigo levantarse de la suya y dirigirse hacia ella.

    “¡No, por favor!”, pensó horrorizada. “¿A qué viene esta escoria aquí? ¿Y qué lleva en la mano? ¡Madre mía, seguro que es una navaja!”.

    Su sensación de asco no cesó, pero la de terror se apaciguó un poco cuando el anciano se detuvo justo delante de ella, dejándole ver claramente que lo que el hombre traía en la mano no era una navaja, sino una simple caja.

    -Disculpe, señora- dijo el anciano, con su mirada perdida y su deficiente manera de vocalizar.- Tengo que ir un momento al baño. ¿Sería usted tan amable de cuidarme esta caja, por favor?

    La mujer sintió que su asco seguía aumentando por momentos. Por supuesto, su primer impulso fue decirle que no y que se alejara de ella inmediatamente. Sin embargo, el miedo y la desconfianza volvieron a aflorarle ligeramente, pensando en las consecuencias. ¿Y si ese loco se tomaba fatal su negativa y la atacaba?
    Así pues, a regañadientes, decidió acceder. Total, sólo era una caja. Vieja y asquerosa, sí, pero sólo una caja.

    -Muchas gracias, señora. Ahora regreso.- Y, antes de marcharse, añadió el anciano:- Eso sí, ni por nada del mundo la abra, por favor. Gracias de nuevo.

    Y se marchó al aseo.
    La mujer se quedó mirando la caja que el hombre había depositado en la mesa, a su lado. Era casi tan sucia y repugnante como su dueño.

    “Espero que no tarde en volver y en llevársela de nuevo, porque yo no aguantaré demasiado con esta asquerosidad aquí. ¡Soy capaz de tirarla a la basura! ”.

    Para poder seguir tomándose su café tranquilamente sin que la acechasen las náuseas, sacó de su bolso una revista de cotilleos que siempre llevaba encima e intentó distraerse con ella.
    Sin embargo, durante ese proceso, le volvió el miedo.

    “¿Qué guardará dentro de esa horrible caja?”, pensaba angustiada. “¿Será algo malo? Con sus pintas, ya lo creo que sí… ¿Y si la navaja con la que me quiere agredir está ahí metida precisamente? ¿Tendrá planeado sorprenderme de esa manera? ¡Pues seguramente, pero yo no pienso darle la oportunidad! ¡Así pues, voy a evitar esta terrible desgracia antes de que ocurra!”.

    Acto seguido, y bastante invadida por el terror, la mujer agarró atropelladamente la caja y la abrió.
    Una rara sensación, mezcla de alivio y de indignación, se apoderó de ella.
    La caja estaba vacía. Un poco sucia por dentro, pero vacía.
    La desconfiada señora volvió a cerrarla con relativa calma y la posó nuevamente sobre la mesa, con desdén.

    “Encima me toma el pelo… ¿Qué se ha creído?”.

    Apenas unos segundos más tarde, regresó el anciano.

    -Muchas gracias, amable dama- dijo el hombre mientras tomaba nuevamente la caja, con una sonrisa que en absoluto fue correspondida por parte de la mujer. Ésta sólo le dirigió una fugaz mirada de desprecio y enseguida volvió a su café y a su revista de cotilleos.

    El anciano regresó a su mesa, colocó la caja a un lado y continuó bebiendo el contenido de su copa con pequeños sorbos.
    Minutos después, el bar recibió la visita de un hombre de negocios. Parecía bastante nervioso, a juzgar por la manera en la que le pidió al camarero algo de beber y por la celeridad con la que se sentó en la primera mesa que pilló. Mientras bebía, intentaba cuadrar, a trancas y barrancas, unas cuentas que no terminaban de salirle demasiado bien.
    El mendigo lo observó durante unos segundos. A continuación, agarró su caja, se levantó de la mesa, se acercó al atareado ejecutivo y le habló.

    -Disculpe, señor. Necesito ir un momento al baño. ¿Sería usted tan amable de cuidarme esta caja hasta que regrese, por favor?

    El hombre levantó la vista de sus papeles y de su calculadora, algo molesto por haber sido interrumpido.

    -De acuerdo- respondió secamente, con tal de quitarse de encima cuanto antes a aquel ocioso personaje que no parecía tener nada mejor que hacer.

    -Muchas gracias, caballero- dijo el anciano.- ¿Podría pedirle también el favor de que, durante mi ausencia, no abriera usted esa caja por nada del mundo? Muchas gracias.

    Sin mediar palabra y enfrascado nuevamente en sus cuentas, el ejecutivo sólo realizó un rápido gesto con la mano para hacer ver que se había enterado.
    El anciano se dirigió al cuarto de baño y despareció en su interior.
    Tras varios minutos de pelea con unos números y unas cuentas que no parecían querer cuadrar, el hombre de negocios tiró su bolígrafo violentamente contra la mesa.

    “¡Maldita sea!”, pensó lleno de rabia. “Qué vida tan estresante… Ya me gustaría a mí vivir tumbado a la bartola, como hacen muchos”.

    A continuación, dirigió una rápida mirada al resto del bar con la única finalidad de relajarse y de descansar momentáneamente los ojos. Cuando los posó nuevamente sobre su mesa para localizar su bebida y tomar otro trago, reparó en la cajita que el anciano mendigo le había dejado a cargo. Poco a poco, una pequeña sensación de ira fue creciendo dentro del atareado ejecutivo.

    “Sin ir más lejos, seguro que este loco no da ni ha dado un palo al agua en su vida”, pensaba mientras se acordaba del viejo dueño de la caja. “¡Y se creerá más feliz que nadie! Y, para colmo, pretende distraernos a los demás con sus estupideces. ¡Como si no tuviéramos nada mejor que hacer!”.

    Acto seguido, recordó también la prohibición de abrir la caja. El ejecutivo se airaba cada vez más.

    “¿Qué cosa tan interesante y secreta puede guardar dentro de una caja un vagabundo inútil como él? Lo que tengo bien claro es que no será nada importante. Para importantes, ya están mis asuntos, que bastantes problemas me dan ya. ¿De qué diablos se las da este tipejo?”.

    Sin pensarlo dos veces, agarró la caja y la abrió.
    Tras observar su interior, estuvo a punto de no contenerse y de lanzar la caja contra el suelo, con la intención de pisotearla con fuerza. Pero, por fortuna, logró reprimirse.
    Volvió a cerrar la caja y la dejó nuevamente encima de la mesa.

    “¡Esto ya es el colmo! Me pide que le vigile como oro en paño una caja vieja y vacía… Seguro que ese caradura pretendía reírse de mí, está claro. Cuando lo vuelva a ver, le tiraré la dichosa caja a la cara”.

    Después de este breve e inusual momento de descanso, el hombre de negocios regresó a sus cuentas y no tardó en enfrascarse en ellas nuevamente. Cuando ya estaba a punto de perder totalmente el contacto con la realidad, oyó una voz cerca de él:

    -Muchas gracias, caballero.

    Con un torpe acto reflejo, el ejecutivo levantó la mirada y vio al mendigo alejándose con la caja en la mano.

    “Maldita sea, he perdido la oportunidad de desahogarme”, pensó.

    Observó al anciano con desprecio mientras éste regresaba a su sitio, un par de mesas más allá.

    Pasado un cuarto de hora, entró en el bar una niña. Habló con el camarero unos segundos. Éste asintió con su cabeza y la pequeña se dirigió a una máquina de videojuegos que había en una de las esquinas del bar.
    Era una muchacha de unos diez años, piel morena y con unas largas y bonitas trenzas negras. En general, podía dar la impresión de ser una niña muy alegre, pero aquel día en concreto no lo estaba. Acababa de recibir una mala noticia y sus padres le habían dado un par de monedas para que jugara en la máquina del bar, intentando así compensarla por lo ocurrido.
    Con el semblante aún un poco triste, la niña introdujo una moneda en la máquina y comenzó a jugar.
    Cuando ya llevaba unos minutos de juego, oyó una voz a su lado.

    -Disculpa, pequeña, ¿podrías vigilarme esta cajita mientras voy un momento al baño?

    La niña apartó la vista de su juego y miró al anciano.

    -Claro, señor- respondió amablemente.

    -Muchas gracias, muchachita. Ahora regreso. Eso sí: por favor, no la abras. ¿De acuerdo?

    -Vale.

    El anciano dejó la caja sobre la mesa más cercana a la máquina de juegos y se alejó en dirección a los servicios.
    La niña continuaba jugando. Poco a poco, su estado anímico iba cambiando. Pero, aunque el videojuego la entretenía, el cambio en su humor no se debía a eso ni iba en dirección a la alegría. Iba más bien en dirección a la lástima, que era lo que le había inspirado aquel pobre ancianito. Parecía un hombre muy amable y entrañable, pero también era evidente que estaba enfermo y le dio muchísima pena.

    “Pobrecito, necesita ayuda”, pensó afligida la niña. “Desde luego, estaré encantada de hacer mi parte cuidándole esta caja, tal y como me ha pedido. A lo mejor guarda dentro de ella sus medicinas, o algún pequeño animalito que le da algo de alegría, o cualquier otra cosa realmente importante para él, y por eso me pide que no la abra…”.

    Tras reflexionar sobre esto (lo cual coincidió con un ‘Game over’ en la pantalla de la máquina), se levantó de la silla, se acercó a la mesa sobre la cual estaba la caja y la cogió. A continuación, volvió a sentarse frente a la máquina, introdujo otra moneda y colocó la cajita sobre sus rodillas. También se quitó la goma de una de sus trenzas y la ajustó alrededor de la cajita sosteniendo la tapa, para que no corriera el peligro de abrirse.

    “Aquí estará más segura. Allí en la mesa, sin embargo, podría cogerla cualquiera y abrirla sin que yo me enterase… ¡Uuuufff, qué horrible!”.

    Después de otro rato jugando, volvió a aparecer el mensaje de ‘Game over’ en la máquina, pero el viejito enfermo seguía sin aparecer. A la niña ya no le quedaban más monedas, pero tampoco quería marcharse sin devolverle al anciano lo que le había confiado.
    Con la cajita aún sobre sus rodillas, se inclinó sobre la máquina de juegos y apoyó en ella su cabeza, con los brazos cruzados por delante, esperando al pobre hombre. Se aburría un poco, pero también se sentía muy satisfecha de estar ayudando, de alguna manera, a una persona vulnerable.
    Unos minutos después, escuchó una voz detrás de ella:

    -Muchas gracias, pequeña.

    La niña se incorporó rápidamente y vio al ancianito.

    -¡De nada, señor!- le respondió, alegremente.- ¡Tenga su cajita!

    Sin embargo, el anciano negó con la cabeza.

    -No, muchachita. Quédatela, te la regalo. Ahora es tuya.

    -Ah, pues… ¡Muchas gracias!

    El viejito se disponía a marcharse, pero antes le dedicó unas últimas palabras a la niña:

    -Y, por supuesto, ahora que es tuya, puedes hacer todo lo que quieras con ella.

    A continuación, se fue a la barra, pagó la cuenta de su bebida y desapareció del bar.
    La niña se quedó mirando la curiosa cajita. Y, como ya era suya, su interior ya no debía de ser tan importante para el viejito. Así pues, le quitó la goma que le había puesto y la abrió.
    De pronto, los ojos de la pequeña se abrieron de par en par y en su rostro se dibujó una de las sonrisas más amplias y maravillosas de su vida.

    -¡No me lo puedo creer!- gritaba, fuera de sí, llena de alegría. Se bajó de la silla en la que estaba sentada y se dispuso a dar fuertes saltos, enérgica y feliz.- ¡¡No me lo puedo creer!! ¡¡¡No me lo puedo creer!!!

    La mujer adinerada y el hombre de negocios levantaron la mirada de su revista de cotilleos y de sus cuentas respectivamente, y miraron con cara de pocos amigos a la pequeña. El camarero, por su parte, la mandó callar secamente, preguntándole además si no tenía modales.

    -¡Lo siento mucho!- se disculpó la pequeña, aún con una enorme sonrisa en su luminosa cara.- ¡Pero es que no me lo puedo creer! ¡He encontrado una entrada para el Parque Fantasía!

    Después de dar unos cuantos saltos más, siguió hablando.

    -Mis padres no tienen dinero para pagarme la excursión escolar a ese parque, porque es demasiado caro. Hoy, antes de venir aquí, me sentía muy triste porque estaba convencida de que no iba a poder disfrutar allí con todos mis amigos… ¡Pero ahora… ahora…!

    Volvió a gritar y a saltar de alegría.
    El camarero estaba sorprendido.

    -Pero niña, ¿cómo es que has encontrado eso aquí, en mi bar? Si yo acababa de barrer todo el local justo antes de abrir, y tampoco ha venido aún tanta gente como para que…

    -¡No, es que no lo he encontrado en el suelo! ¡Estaba dentro de esta cajita que me acaba de regalar un viejito!

    De pronto, tras escuchar estas palabras, los rostros de los tres adultos presentes en el bar adoptaron una clarísima expresión de sorpresa e incredulidad. Acto seguido, los tres (camarero, ricachona y hombre de negocios) abandonaron sus puestos y se dirigieron como una marabunta hacia la pequeña niña. Ésta retrocedió asustada hasta chocar contra una pared.

    -Tranquila, pequeña- dijo el camarero, suavemente.- No quiero asustarte. Sólo quiero ver esa cajita, nada más.

    La niña le tendió la cajita, con la mano un poco temblorosa. El camarero la cogió nerviosamente y la examinó por todas partes, abriéndola y cerrándola de manera bastante frenética. Unos segundos más tarde, la ricachona le arrebató la caja al camarero e hizo lo mismo: observarla violenta y atropelladamente. El hombre de negocios repitió también la misma operación.

    -Pero… ¡¡¡SI ES LA MISMA CAJA QUE ME DEJÓ A MÍ!!!- gritaron los tres al unísono.

    El camarero sabía que no hacía mucho que se había marchado el extraño anciano, pero tampoco se le veía alejarse por la calle a través de ninguna de las grandes ventanas del bar.
    Se miraron unos a otros realmente estupefactos, con los ojos casi desorbitados. La muchacha también se sentía muy extrañada y confundida.

    -Entonces… ¿a ustedes también les había pedido el viejito que le cuidasen la caja?

    Los tres asintieron con la cabeza.

    -Sin embargo, cuando yo abrí la caja, estaba completamente vacía…- declaró el sorprendido camarero.
    -¡Cuando yo la abrí, también!- exclamó la mujer.
    -¡Yo también doy fe de que estaba vacía!- aulló el hombre de negocios.

    Una gran expresión de sorpresa se apoderó del rostro de la pequeña.

    -Lo sé, nena- dijo el camarero, al ver la asombrada cara de la niña.- Es muy extraño, ¿verdad?
    -Pero…lo más extraño de todo- la niña hablaba despacio y con la mirada perdida, como alguien que se muestra realmente absorto ante el más pequeño e incomprensible detalle- es que, al contrario que a mí, el viejito no les advirtiera también a ustedes de que no abrieran la caja…

    Los segundos posteriores a esta afirmación sólo fueron poblados por un absoluto silencio y por tres caras adultas petrificadas, inmóviles, anonadadas. No parecían mostrar capacidad de reacción alguna. Como mucho, al final lograron mirarse unos a otros con los ojos más desorbitados y las bocas más abiertas que jamás nadie haya visto.
    La niña empezó a sentirse algo incómoda ante semejante escena de muertos vivientes, así que se encogió de hombros, salió de aquel bar y se dirigió a su casa dando verdaderos brincos de alegría.

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