Continúa la historia (II)

Sonó el teléfono; Elena contestó :

  • “Dígame”

Unos segundos de silencio tras los cuales una voz infantil dijo… 

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7 comentarios en “Continúa la historia (II)”

  1. -Buenas tardes, señora, gracias por su atención; espero estar aún a tiempo. Verá, resulta que mañana temprano debo participar en un torneo de tenis; desgraciadamente, mi uniforme acaba de sufrir un accidente: se me ha caído un tintero dentro del cajón donde lo tenía guardado y me ha puesto la camiseta perdida. Mi madre aún no ha llegado a casa y yo quisiera dejar limpia mi equipación cuanto antes. Con lo cual, deseaba saber hasta qué hora estarían ustedes disponibles para atenderme y lavar mis prendas.

    Elena se quedó bastante sorprendida por un lado, pero por su lado principal se sentía, sobre todo, molesta. Había esperado que la llamada fuese de su novio Santiago para disculparse con ella, pues habían estado discutiendo aquella misma tarde.
    No obstante, aunque algo seca y antipática, tampoco tardó en reaccionar ante el equívoco del despistado chiquillo.

    -Mira, niño, lamento lo que te ha pasado, pero creo que te has equivocado de número.

    -¡Uy! ¿En serio?- la voz del infante se mostraba claramente sorprendida.- Pues disculpe… ¿Qué número he marcado?

    -¡Anda! Tú sabrás el número que has marcado, ¿no?

    A pesar del tono impertinente y borde utilizado por Elena, el muchacho no se dio por vencido.

    -Lo siento, pero… Es que me sorprende haberme equivocado…

    -¡Pues no te sorprendas tanto, porque está bien claro que lo has hecho!- Elena respondía cada vez con más brusquedad.- ¡Esto es una casa particular!

    -Entonces, ¿no es ahí donde lavan la ropa?

    “¡Y dale que te pego!”, pensó Elena, ya al borde de la desesperación. ” ¡Todavía insiste!”.

    -¡No, no y no!- aulló la mujer con todas sus fuerzas.- ¡No es éste el lugar que buscas! ¡Que te quede bien claro y ya no me entretengas más! ¡Aquí no lavamos ropa, nene!

    -¡¡¡PUES QUÉ GUARROS!!!- exclamó el niño entre risas, justo antes de hacer con su teléfono un ‘clic’ que indicaba el final de la conversación.

    😂😂😂😂😂😂😂😂

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  2. SEIS MESES ANTES

    Era una tarde radiante de Junio, Elena y su hija Isabel, una preciosa niña de 4 años, iban paseando hacia el parque, Elena trabajaba en un hospital y siempre que sus turnos se lo permitían salían a jugar un rato. Era un momento especial para ella ya que después de su divorcio y tener que volver a vivir con sus padres y con un trabajo tan exigente poco tiempo tenia para pasar a solas con su hija.
    A la sombra de unos arboles había bancos donde se sentaban los padres mientras sus hijos correteaban, jugaban, incluso se peleaban por algún juguete. Los días iban transcurriendo normalmente. Una tarde, poco antes de volver a casa, Isabel jugaba cerca de los columpios y su madre en un momento de descuido no se percato que la niña se acercaba demasiado a ellos, fue inevitable, cayó al suelo con un fuerte golpe en la cabeza.
    El medico fue duro y claro: “su hija esta en coma”. Elena , desesperada, se echaba la culpa por no haber cuidado de su hija y como enfermera sabia perfectamente que Isabel podía despertar en cualquier momento…. o nunca.
    Iban transcurriendo días y Elena pasaba todas las horas que podía junto a su hija, le hablaba, le contaba sus cuentos favoritos, la observaba para descubrir la mas mínima reacción y con ello una esperanza. Por la noche se despedía de Isabel y regresaba a casa para descansar un poco. Al día siguiente vuelta a empezar, le contaba como había sido el trabajo, le leía una vez mas un cuento y otro, y también rezaba…rezaba a quien? , para que?, sirve de algo rezar? se preguntaba Elena, pero continuaba haciendolo. Al día siguiente volvía a leer y volvía a rezar. No pierdas la esperanza le repetían sus padres.
    Como cada noche se despidió de su hija, regreso a casa, preparo la cena y se sirvió una pequeña ración, apenas había probado bocado cuando sonó el teléfono…

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  3. – Buenas noches, doña Elena ¿estaba durmiendo? Siento haberla despertado, pero es que no sé hacer el problema 4 de la página 10. ¿Podría ayudarme?

    “Inma…”- pensó Elena con desdén- “No es la primera vez, ni tampoco será la última…”

    Elena Peiró era profesora de primaria en un colegio ubicado en la zona más marginal y peligrosa de su ciudad. Ha pasado mucho tiempo desde que el Ministerio de Eduación la galardonó por primera vez con el premio nacional de “Mejor docente de educación primaria”, el cual ha ido ganando año tras año, de manera consecutiva, sin que ningún otro profesor o profesora osara desplazarla de su primer puesto del ránking nacional de mejores docentes. A estas alturas, debía tener colgados en las paredes de su habitación un total de 39 premios en forma de diplomas. Este año era su último en la docencia, con vistas tanto a la jubilación como al recibimiento de su cuadragésimo galardón en junio.

    Desde que acabó la carrera de Magisterio, casi todos los colegios del país, buenos y malos, han requerido de sus servicios como profesora, hecho que hizo que Elena se fuera mudando de un lugar a otro, llegándole a apodar la comunidad educativa “La Nomadocente”. Sin embargo, con los años, Elena se fue cansando de viajar por todo el país y estableció su residencia definitiva en una mega ciudad costera. Desde entonces, llevaba cinco años dando clase en el colegio “La Salvación”, donde por lo menos un 70% de los alumnos eran niños rebeldes, maleducados y a los que los profesores nunca regañaban.

    La llegada de Elena Peiró a ”La Salvación” fue un aliento de aire fresco y una verdadera salvación, nunca mejor dicho, para el equipo docente del colegio. Se podía decir que, desde que Elena empezó su labor de disciplinar a los alumnos, castigarlos cuando era debido, recompensarlos cuando era debido y frenar peleas antes de que comenzaran, el colegio acabó en cinco años adquiriendo un nivel notable, donde los niños problemáticos ahora solo representaban el 0,0000000000001%, únicamente encarnado por Inma.

    Inma Fernández era una chiquilla peculiar… peculiarmente charlatana y cargante, sin olvidar que la pobre no tenía muchas luces. Desde que nació no ha cerrado jamás su boca anormalmente grande, por la que al principio no salían nada más que berridos, que más tarde se convirtieron en palabras, que más tarde se volvieron frases incoherentes y que finalmente se convirtieron en frases incoherentemente coherentes, soltadas de manera aleatoria, daba igual el momento y el lugar y que además, ADEMÁS, eran capaces de volver loco a cualquiera y llevarle a querer suicidarse. Sus padres ya estaban hartos de ella a los dos días de nacer y desde entonces la pobre cría se había convertido en la patata caliente para todo el mundo: sus padres la solían dejar con su abuela; la abuela a las dos horas se hartaba y se la dejaba a sus vecinos; sus vecinos se cansaron de ella media hora después y se la dejaron a la guardería del barrio de al lado; la guardería nada más ver a Inma se negó a que los vecinos la matricularan allí, y acto seguido la dejaron con otra persona, etc. A los colegios les pasaba algo parecido con ella: Inma solamente duró un curso en cada colegio, actualmente cursaba tercero de primaria en “La Salvación”.

    ¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí! La mismísima Inma había llamado nada más y nada menos que a las cuatro de la madrugada a Elena, que en este último año de trabajo era la tutora de la clase de 3ºA, la clase a la que iba Inma, para que le ayudara con matemáticas. La buena y somnolienta de Elena se dispuso a ayudarla, y acabaron todo el trabajo a las siete, hora de despertarse, habiendo dejado a Elena que pasara la mayor parte de la noche en vela.

    Elena, cuando le había llamado Inma, había pensado que “No es la primera vez, ni será la última”. Se refería a las veces que le llamaba Inma por teléfono. Otra peculiaridad de Inma era que tenía un apego enfermizo al teléfono de su casa y el llamar a la gente en horas intempestivas se convirtió en su única afición. ¿De qué solía hablar? Pues de literalmente cualquier cosa. Os pongo ejemplos: una vez llamó a las cinco de la mañana a una compañera de clase preguntándole que cómo se llamaban los abuelos de Pepa Pig; otra vez llamó a la una de la mañana a su dentista diciéndole que ella iba a la misma peluquería que su hija menor; otra vez llegó a llamar once veces a sus padres (que nunca estaban en casa, solían estar de vacaciones por Londres, París o Tokio, quedándose Inma sola en casa los 365 días del año y 366 cuando era bisiesto) a las dos de la mañana y cuando por fin se lo cogió su madre, Inma le comentó que el color de las paredes del salón debería ser verde y no rosa. Así llamaba, así, así, a literalmente todo el mundo, porque llegaba a telefonear a países como China, Australia, Suecia, etc. etc. cuando nadie más en su país quería escucharla. Probablemente por ese motivo, el uso del teléfono fijo estuviera decayendo.

    El caso es que Elena Peiró, la mejor maestra de primaria del país, era su profesora ese año, por lo que tenía que aguantarla cinco días a la semana en persona, pero siete noches a la semana por teléfono, porque la cría, como ya dije, no era muy lista y tenía problemas con todas las asignaturas, hasta con la asignatura de Alternativa, que ni siquiera puntuaba en el boletín. Elena, al principio, siempre estaba entusiasmada en ayudar a Inma porque ella tenía, o por lo menos hasta ese momento creía tener, el poder de llevar por el buen camino a sus alumnos. Inma llevaba llamando a Elena desde el primer día del curso para pedirle ayuda y Elena llevaba contestando a Inma desde el primer día del curso para solventarle las dudas. Sin embargo, más o menos a últimos de Octubre o principios de Noviembre, Inma no solo llamaba a Elena para que le ayudara con los deberes, sino que también después se disponía a seguir hablando con ella de cualquier cosa, como hacía con los demás, que si por qué las niñas no tenían pene, que si de qué marca era la comida que compraba en el mercado, que si sabía cuál era el número de teléfono del presidente de los Estados Unidos…

    La pobrecita Elena se fue hartando paulatinamente de Inma; la malsana costumbre de Inma de llamar por las noches durante todo el curso le hizo mella en su carácter. Ya no pudo dormir por las noches; en su lugar dormía en el colegio, ya fuera cuando estaba dando clase a los niños, cuando tenía que cuidar los recreos o incluso cuando estaba en los servicios. En los pocos momentos que estaba despierta en el colegio estaba totalmente irascible: contestaba mal a sus alumnos, los insultaba y les decía que la dejaran en paz, que ella quería dormir y que le importaba un bledo enseñarles. La Consejería de Educación de su ciudad llegó a mandarle un e-mail diciéndole que si no estaba en condiciones de hacer su trabajo que en su lugar estuviera de baja y que mandarían un sustituto. Elena se dio cuenta de que se había pasado todo el curso de mal humor y desentendiéndose de sus responsabilidades docentes que trató de subsanar sus errores en los dos últimos meses que quedaban de curso, experimentando una gran mejoría, pero sin llegar a alcanzar el perfecto nivel que tenía antes.

    Por fin llegó el día de la entrega del premio nacional “Mejor docente de educación primaria”. Pero Elena no lo ganó; ni siquiera fue nominada. Comprobó con horror el ránking de los mejores docentes del país: ya no estaba en el primer puesto, se lo había arrebatado un tal Manuel Aliques, pero tampoco estaba en el último. No figuraba en ningún sitio. “Menudo inicio de mi jubilación”- pensó apesadumbrada. Por lo menos había sido la mejor profesora de primaria durante 39 años, que era prácticamente imposible que nadie que no fuera ella hiciera tal proeza durante ese número de años consecutivos.

    ¿Y qué fue de Inma Fernández? Los medios de comunicación se hicieron eco del fracaso estrepitoso de doña Elena Peiró en su último año laboral debido a una alumna suya de nombre Inmaculada Fernández, cosa la cual llamaba mucho la atención ya que Elena se había convertido en un personaje mediático en su país gracias a su reputación como la profesora perfecta durante 39 años. Todo el sector educativo empezó a temer a Inma, y todos y cada uno de los profesores temían correr la misma suerte que Elena: aguantar a esa cría durante un curso y en consecuencia volverse tarumbas y que les pierdan el respeto. Se llegó a una solución: quedaba terminantemente prohibido y penado con prisión que se escolarizara a la señorita Inmaculada Fernández. Aunque eso a Inma le daba igual, porque lo único que le importaba era empezar a tocarles las narices a gente de otros países llamándola por teléfono. En serio, mientras no la separaras de su único amigo el teléfono, ella sería feliz, le daba igual ir al colegio. Era su razón de ser.

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