5 comentarios en “Imagina una historia (II)”

  1. Después de 50 años de matrimonio , Ana no despertó. Fue un duro golpe para Andrés. Marchó a vivir con su hija y vendieron la casa llevándose unicamente los recuerdos vividos en ella. Ya instalado en su nuevo hogar, Marta, su hija, quedo sorprendida una mañana al encontrar una taza sujeta por un candado. Le pregunto a su padre y este le respondió: Marta, esa es la taza que tú le regalaste a mama hace años por su cumpleaños y desde ese día ha sido su taza preferida. Cuando la veo recuerdo su despertar, preparar un café bien caliente y como la cogía entre sus dos manos. Me recuerda las tardes frías de invierno sentados frente la hoguera tomando un te, unas galletas, nuestras conversaciones de como habían pasado los años y como serian los siguientes. Me recuerda las noches que tomábamos chocolate para cenar o simplemente café con leche. De los veranos que preparaba granizado de limón y al acostarnos como dejaba la taza con un poco de agua para sus pastillas. Esa taza es el recuerdo de tu madre, de Ana, de mi vida. Nadie puede romper ese recuerdo. No busques la llave, la llevo en el corazón.

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  2. FÁBULA DEL SABIO Y LAS TRES TAZAS.

    Un buen día, el sabio mago Paulino sintió que alguien lo necesitaba fuera de las fronteras de su reino de Jainer.
    Así pues, tras pronunciar las pertinentes palabras mágicas y desaparecer bajo una curiosa nube de brillos y de humos, se teletransportó a un lugar que resultó ser una humilde cocina de una casa cualquiera.
    Una vez allí, comenzó a observar a su alrededor. Después de algunos segundos, localizó una estantería en la que se hallaban tres tazas: una muy hermosa, de color blanco y con unas bellas flores dibujadas; otra bastante elegante, de color negro y con un interesante toque translúcido; y la tercera, de color amarillo, bastante vulgar y desgastada, y lo más extraño de todo: se hallaba enganchada a la rejilla de la estantería por medio de un candado.
    Paulino dedujo que algo no andaba bien ahí, de modo que se acercó al mencionado mueble y a sus curiosos ocupantes.
    Cuando se posicionó delante de ellos, se pudo dar cuenta de que la taza negra y la blanca se reían y humillaban, con ciertos aires de grandeza, a la pobre taza amarilla aprisionada, la cual se mostraba realmente triste.
    El mago meditó unos segundos ante los tres objetos, cerró sus ojos, tomó aire y, a continuación, se dispuso a hablarles.

    -¿Qué es lo que más os gusta de vosotros mismos?

    Las tres tazas miraron sorprendidas al sabio, pues no se habían percatado de su repentina presencia. Paulino no les dio lugar a que pudiesen cuestionar ni reclamar nada; simplemente les repitió su pregunta de manera contundente.
    Tras unos segundos de silencio, se acercó a la taza de color blanco.

    -Empieza tú- dijo el mago.- ¿Qué es lo que más te gusta de ti?

    Aunque se encontraba bastante desconcertada, la presumida taza blanca se sintió realmente feliz ante la oportunidad de hacer gala de sus mejores cualidades, de modo que no tardó demasiado en comenzar a hablar.

    -Pues verás- respondió muy coqueta-, me siento muy afortunada de ser una taza tan fina y bella, hecha de preciosa porcelana y adornada con glamurosas flores rosas. Fui un regalo para mis amos, los cuales sé que me adoran, porque jamás me usan para llenarme de líquidos ni otras cosas. Estoy segura de que les encanta admirar mi belleza y no quieren desgastarme.

    La hermosa tacita continuó con sus gestos coquetos al terminar de hablar, pero eso Paulino ya no lo observó, pues se dirigió inmediatamente a la segunda taza, para realizarle la misma pregunta: ¿qué es lo que más te gusta de ti?

    -Bien, señor- respondió la taza negra con cierta arrogancia-, me siento realmente orgulloso de ser una taza tan señorial, elegante e impetuosa. También fui un increíble regalo para mis amos y, al igual que mi amiga blanquita, no poseo ni un sólo rasguño provocado por el uso; pues, en todos estos años, mis amos jamás me han utilizado para otra cosa que no fuera admirar mi buenísima estructura y mi varonil tono negro translúcido. Y es que sólo un Lord se atrevería a beber de mí…

    Paulino ignoró la prepotente pose que adoptó la taza negra tras su discurso, y se dirigió hacia la desdichada taza amarilla. Le repitió la misma pregunta que a las otras dos: ¿qué es lo que más te gusta de ti?

    -Nada- contestó la enganchada y cabizbaja taza.

    Sus compañeras blanca y negra se empezaron a reír entre dientes, pero Paulino se mantuvo impasible.

    -Piénsalo bien- insistió el mago.- Algo debe haber que te guste de ti mismo.

    -¡Absolutamente nada, señor!- respondió desesperada la taza.- Soy la taza más fea, vulgar y envejecida de este armario; ¿no se da usted cuenta? Mi color es aburrido, mi decoración es sobria y, por si fuera poco, mis amos me hacen trabajar mañana y noche, día sí y día también, desde hace muchos años, lo cual me ha ocasionado un desgaste que me ha dejado aún más ajada y deslucida de lo que ya era. Además, ni tan siquiera fui un regalo para ellos: me compraron por dos duros en una tienda de baratijas, un día en el que necesitaban una taza con urgencia. Me pillaron a mí como pudieron haber pillado a cualquier otra. Pero… tengo bien claro que NO me aman.

    Paulino se mantuvo unos segundos en silencio, mientras escuchaba de fondo las crueles risitas de las otras dos engreídas tazas. Después, le formuló otra pregunta a la amarilla.

    -¿Y por qué estás encadenada a la estantería?

    -Pues porque nuestros amos van a realizar hoy mismo una limpieza profunda en la casa y, entre otras cosas, van a deshacerse de los trastos menos deseados para ellos. Así que he decidido aferrarme aquí de esta manera, porque, aunque no soy muy feliz, pienso que lo seré menos todavía en… bueno, ya sabe usted… en la… ¡basura!

    Tras pronunciar estas palabras, la taza amarilla se estremeció bruscamente y, a continuación, se mostró aún más cabizbaja. Sus dos compañeras seguían haciéndole burla:

    -Pues ese candado no va a evitar tu fatal destino, pobre desgraciado- le dijo odiosamente su compañero negro.- ¡El que no vale, no vale! ¡Con candado o sin él!

    Al terminar de hablar, la taza negra estalló en carcajadas, las cuales fueron acompañadas de las estridentes y repugnantes risillas de la blanca. La amarilla, por su parte, continuó en su pose deprimida y mustia, y el mago Paulino se fue alejando poco a poco de la estantería.

    -Reflexionad los tres sobre lo que me habéis dicho- dijo el sabio antes de volver a desaparecer bajo una nube mágica.

    La taza blanca y la negra se miraron sorprendidas durante unos segundos, pero enseguida le restaron importancia a lo que acababa de suceder, se olvidaron de todo y continuaron sus burlas y humillaciones hacia su pobre compañero amarillo.
    Éste, a su vez, permanecía decaído; pero, por otra parte, sí se había quedado con las últimas palabras del mago. ‘Reflexionad sobre lo que me habéis dicho’…
    Y reflexionó.
    Y, minutos más tarde, tras terminar completamente su reflexión, sucedió el milagro.
    Dibujó una repentina sonrisa en su cara, acompañada de un misterioso y revelador brillo en sus ojos.
    Y lo hizo: se quitó el candado y se puso en pie de un salto, orgullosa y feliz como nunca se le había visto. La taza amarilla se mostraba, por primera vez, segura de sí misma.

    -¿Pero qué hace ésta?- se preguntaban con desdén la taza blanca y la negra, quienes miraban a la amarilla como si estuviera loca.

    -Tomad esto- dijo la taza amarilla, mientras les lanzaba el candado a sus crueles compañeras.- Os hará falta.

    -¿Pero qué haces?- respondieron ellas indignadas, echando fuera el candado de un golpe.- ¡Insolente! ¡Sinvergüenza!

    La taza amarilla mostraba una amplia sonrisa como nunca antes. La blanca y la negra mudaron su expresión de enfado en cuanto vieron entrar a su dueño en la cocina, el cual sostenía una gran caja de cartón.
    El amo se dirigió hacia la estantería y se quedó mirando a las tazas.

    -¡Querida!- gritó el hombre para que lo oyera su esposa.- Entonces, las tazas blanca y negra se van, ¿no es cierto?

    -¡Sí, cariño!- respondió la mujer a lo lejos.- No las usamos para nada y sólo están ocupando espacio.

    -De acuerdo, pues ¡adentro!- dijo el hombre, mientras introducía en la caja a las dos prepotentes (y asustadas) tazas.- La verdad, yo no sé por qué la gente tiene la manía de regalarnos tazas que no vamos a usar. ¡Si ni siquiera tienen la capacidad adecuada!

    -Es cierto, por eso nunca las he usado- respondió la mujer.- Yo, en una taza, deseo una capacidad muy determinada y prefiero elegirlas yo. Por ejemplo, la taza amarilla tiene las medidas perfectas y por eso la compré. ¡Desde entonces, no me separo de ella!

    -Y además- prosiguió el marido mientras abandonaba la cocina con las dos desdichadas tazas blanca y negra dentro de la caja-, buen aguante tiene esa taza amarilla. ¡Después de tantos años, aún sigue en pie! ¡Desde luego, elegiste la mejor del mercado, querida!

    Cuando el hombre desocupó la cocina completamente, el mago Paulino volvió a aparecer. Observó satisfecho la increíble cara de satisfacción que mostraba en aquellos momentos la taza amarilla.
    Ésta lo miró. Paulino le guiñó un ojo y le dedicó una leve sonrisa.

    -GRACIAS- dijo la taza al mago, desde lo más profundo de su corazón.

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  3. Madame Jacqueline D’Argent acababa de morir en su dormitorio de su mansión de Lyon, en una lucha perdida contra el cáncer de pulmón que padecía desde hacía años. La anciana dama descendía de un importante linaje de banqueros que llevaba prosperando en la ciudad desde el siglo XVIII, habiendo siendo ella la última de su familia en ostentar el cargo de directora del “La Grande Banque D’Argent”. Sin embargo ella fallecía al siglo de vida, sin jamás haberse casado ni tener descendencia, por lo que el asunto de la herencia supondría, en primera instancia, una pugna sin piedad entre sus orgullosos y caprichosos parientes supervivientes.
    Dichos parientes, el día después del funeral de Madame D’Argent, habían sido citados en el gran salón de su ahora vacía mansión por su abogado, pensando ansiosos que expondría cómo repartiría Madame D’Argent todos sus bienes materiales entre todos ellos y que justo después de haber acabado el abogado de leer el testamento se pondrían a pelear los unos contra los otros, diciéndose cosas como “Yo me merezco más que tú llevarme el jacuzzi obsequiado a esta familia por el mismísimo Candido Jacuzzi” o “Mejor dame a mí ese vestido Gucci, porque veo que no es de una talla apta para ballenas”. Resulta que con los ricachones no era inteligente molestarse en repartir con la mejor intención todo lo que poseyeras, porque daba igual que le regalaras a uno la mejor de tus pertenencias, como un jet privado o una isla privada, nunca estarían contentos, como que nunca estaban contentos con todo lo que tenían, a pesar de tener un capital inagotable con el que podrían comprarse hasta el planeta Tierra.
    Sin embargo ese día se llevaron una grandísima decepción, porque lo único que salió de la boca del abogado fue: “Madame D’Argent ha querido comunicarles que ustedes deben contactar con Monsieur Emmanuel Degrigou y decirle que acuda dentro de una semana a esta misma mansión con la llamada “Llave de la Felicidad” “. Y nada más acabar de decir la última palabra de esa frase, el abogado les pidió educadamente a todos que se retiraran de la vivienda.
    Se debe recalcar que al funeral de Madame D’Argent acudió mucha gente, sí, pero eran sobre todo amigos y conocidos suyos, entre los que se encontraba su mismísimo abogado; por el contrario, nadie de su familia se había presentado. El motivo era que todos sus familiares, sin excepción, la consideraron durante toda su vida la oveja negra del rebaño, y no lo era precisamente porque fuera el miembro de la familia que más dinero poseyera en su cuenta bancaria y que debido a ello le tuvieran una envidia enfermiza, que también, sino porque era la única que tenía esa “deplorable tendencia de relacionarse con los pordioseros”, que era así cómo se referían sus parientes a que ella prefiriera ser amiga de la gente de clase media antes que de gente de su nivel. Debido a ello, Madame D’Argent nunca se sintió querida por su familia, ni siquiera por sus padres, aunque al morir su padre éste había decidido que ella se convirtiera en la nueva directora de su banco; sin embargo, llegó un momento en que la frialdad de su familia hacia ella le dejó de importar, ya que ella se fue ganando fácilmente el cariño y la amistad de gente que no eran ricos de dinero, sino de valores como el respeto, el coraje, la generosidad, la amabilidad y la solidaridad.
    Ella siempre consideró que las personas que más valían la pena eran las más ricas emocionalmente hablando y no materialmente hablando, que al fin y al cabo todos los seres humanos, ricos o pobres, eran iguales ante los ojos de Dios. Madame D’Argent, a pesar de haber heredado tanto la mansión como el banco de su padre, lo que más deseó fue vivir como cualquier otra persona del montón, hasta el punto de comprar ropa, muebles o vajilla, por poner ejemplos, como la ropa, muebles o vajilla que la gente de clase media podía permitirse el lujo de comprar. Las muchas cosas tasadas en valores incalculables que tuviera por su vivienda y dejadas en herencia durante varias generaciones, las iba regalando a sus amigos, y donaba dinero de su cuenta a la Beneficencia. En cuanto a “La Grande Banque D’Argent”, nunca le gustó trabajar allí, su vocación nunca fue esa, sino que siempre deseó ser profesora, ya que de pequeña le encantaba ir al colegio y consideraba la educación como un elemento imprescindible en el desarrollo de las personas; pero Madame D’Argent tenía un corazón tan grande, tan puro, que sacrificó su sueño por trabajar como directora del banco durante 70 años porque, a pesar de que su padre nunca fuera muy amable con ella, sabía que le hacía mucha ilusión que ella continuara con el negocio familiar y no quería decepcionarlo.
    En definitiva, para todos sus parientes era una verdadera vergüenza de persona y nadie la tenía en gran estima, en especial ese tal Monsieur Emmanuel Degrigou que había mencionado el abogado delante de la familia de Madame D’Argent. Monsieur Degrigou era nieto de un hermano de Madame D’Argent fruto de la relación de Monsieur D’Argent con una compañera de instituto antes de que sus padres le presentaran a su futura mujer, Madame D’Argent madre. Ese hijo ilegítimo, Emmanuel Degrigou I, viviría bajo la custodia de su madre y su padrastro, y siempre sería rechazado como hijo por Monsieur D’Argent, hecho que le haría desarrollar con el tiempo un profundo odio hacia la familia D’Argent, odio que se acentuaría hacia Madame Jacqueline D’Argent cuando se enterara de que sería la futura heredera tanto de la mansión como del banco de su padre, en lugar de haber sido él por ser el primogénito. Monsieur Emmanuel Degrigou I traspasó el odio hacia Madame D’Argent a su hijo Emmanuel II, y éste se lo traspasó a Emmanuel III, el Monsieur Degrigou actual.
    Monsieur Degrigou era dueño de la empresa de informática “CompuFrance”, una de las más prósperas de Francia, ubicada en París. Al igual que a su tía abuela Madame D’Argent también le gustaba ayudar a la gente, con la diferencia de que éste solo lo hacía a cambio de una cuantiosa suma de dinero. Si estuvieras dispuesto a pagarle el coste de una reparación del hardware de tu ordenador y te faltara solo un mísero céntimo, él ya se negaba en redondo a ayudarte. A Monsieur Degrigou lo describían como una persona solitaria, de carácter frío y seco, que rara vez sonreía y que cuando lo hacía su boca se solía contraer en una mueca malévola, enseñando unos dientes puntiagudos como los del Diablo. Mucha gente pensaría que no tendría nada que envidiar, porque siempre presumía diciendo que albergaba en su mega garaje de una de sus muchísimas mega mansiones de lujo que tenía repartidas por el globo un total de 60 coches; nada más lejos de la realidad: Monsieur Degrigou envidiaba bastante más que ningún otro de sus familiares a Madame D’Argent, porque, como ya mencioné antes, era la que más dinero tenía en su cuenta bancaria y, por mucho dinero que él ganara gracias a su empresa, siempre estaría por debajo de ella económicamente hablando, cosa la cual reconocía a regañadientes. La razón de esa envidia hiperdesmesurada era la fuerte animadversión que sentía al mismo tiempo hacia ella, como ya dije, transmitida de padres a hijos, y él, día sí y día también, hora sí y hora también, minuto sí y minuto también, etc. etc., siempre pensaba con muchísimo rencor que “era muy injusto que esa estúpida carcamal sin ningún tipo de formación en matemáticas y economía heredara un magnífico banco y, para colmo, una magnífica mansión, en lugar de haber sido el heredero el pobre desgraciado de mi abuelo y, por lo tanto, YO.
    Monsieur Degrigou no solo sentía envidia y odio hacia Madame D’Argent, sino que también se creía y se lo hacía saber muchísimas veces a su tía abuela cuando ella se presentaba en su mansión de París cuando era su cumpleaños, que era tanto moralmente como, sobre todo, intelectualmente superior a ella, que había que ser subnormal perdida como para querer vivir como una vulgar pueblerina y renegar de tu verdadera condición. Sin solamente contentarse con humillarla, también le gustaba vaticinarle su muerte, diciéndole barbaries como “los gusanos, cuando menos te lo esperes, se zamparán tu asqueroso cadáver” o “seguro que un día de estos te atropella un coche y te deja sangrando en el asfalto porque con lo cegata y sorda que estás ni lo verás ni lo oirás”. Y siempre solía terminar sus predicciones con unas carcajadas histéricas que pondrían los pelos de punta del más valiente.
    (…)
    Al día siguiente de la citación del abogado a la familia D’Argent en la mansión de Lyon, una prima-sobrina-nieta de la fallecida le había enviado por correo electrónico a Monsieur Degrigou lo que les había dicho el abogado: que él se presentara una semana después en ese mismo lugar trayendo consigo la “Llave de la Felicidad”; dicha llave no era más que una llave corriente, del tipo de las que se usaban para abrir los candados de las taquillas de los institutos, regalo de Madame D’Argent por su vigésimo séptimo cumpleaños. Cuando vio que era una simple llave lo único que le había comprado su tía abuela, la agarró bruscamente por el abrigo, haciendo que su cara se acercara violentamente a la suya, y le preguntó con una voz peligrosamente suave, haciendo esfuerzos hercúleos por no perder la paciencia:
    – ¿Acaso pretendes burlarte de mí, vieja decrépita?

    A lo que Madame D’Argent, sin tener un ápice de terror, le contestó tranquilamente:

    – Esta llave, mi querido sobrino, es la “Llave de la Felicidad”. El día que yo abandone este mundo podrás usarla para desbloquear un secretito que tengo guardado en mi mansión reservado para ti que te colmará de dicha y felicidad. Mi abogado y fiel amigo, Monsieur Maindroit, será el encargado de guiarte hasta él.
    Y dicho esto se desasió sin ninguna dificultad de sus fornidas manos y salió de la mansión sin despedirse de él, dejándolo solo con su indignación y confusión. Monsieur Degrigou tuvo un primer impulso de tirar la llave por su retrete de lujo y tirar de la cadena, pero se contuvo y pensó: “Aunque esa vejestoria me acabe de demostrar que está todavía más loca de lo que pensaba, sé que está siendo sincera y de verdad pretende obsequiarme con algo mejor el día que críe malvas, para lo que necesitaré esta asquerosa llavecita.” Desde ese día había guardado la llavecita en un cajón de su mesilla de noche hasta que la tuvo que sacar la mañana del día que Monsieur Maindroit requería su presencia, yendo en uno de sus coches de lujo desde París hasta Lyon.
    Monsieur Degrigou llegó al mediodía a Lyon y aparcó el coche delante del portón de la verja que delimitaba la mansión D’Argent con el exterior, donde le estaba esperando el abogado Monsieur Maindroit. Éste quiso saludarlo con un apretón de manos, pero Monsieur Degrigou ignoró a propósito su brazo extendido listo para saludar y le dijo imperiosamente que dejara de perder el tiempo y que le abriera el maldito portón de la verja, que no tenía todo el día y que había venido solo hasta allí para llevarse ese estúpido regalo, no para hablar con un vulgar abogado.
    Monsieur Maindroit pasó por alto su impertinencia, sacó un manojo dorado de llaves de su chaqueta y abrió el portón. Los dos hombres pasaron, cruzaron el jardín delantero y Monsieur Maindroit abrió la puerta de la mansión. Tras entrar y cerrar la puerta, el abogado condujo a Monsieur Degrigou por el ancho pasillo de la planta baja hasta llegar al fondo, donde estaba la cocina.
    La cocina de la mansión D’Argent era muy espaciosa y, aunque se veía a la legua que toda la vajilla, los cubiertos y los utensilios de cocina que se amontonaban desordenadamente en cualquier parte (Madame D’Argent no quiso tener criados, por lo que ella tenía que ordenarlo todo y no se le daba bien) eran del tipo de los que usaba la gente de clase media, sin ningún tipo de valor, todavía se notaban indicios de que la cocina era de ricos, como la presencia a lo largo de las paredes de murales datados del siglo XVIII y en muy buen estado debido a su continua restauración, que mostraban cómo era el día a día de la gente adinerada de aquella época.
    Los dos hombres se pararon delante de un escurreplatos. Monsieur Mandroit le dijo a Monsieur Degrigou que era allí donde estaba el regalo de Madame D’Argent. Éste, al oír eso, se puso hecho una furia, porque parecía que su tía abuela se había vuelto a reír de él, ya que en el escurreplatos solo veía platos y tazas comprados probablemente en tiendas de menaje de cocina low cost, y, además, le estaba reprochando al abogado el que le hubiera hecho venir hasta Lyon solo para recibir como regalo un estúpido plato o una estúpida taza, hasta que se fijó en un detalle que se le había pasado por alto; un candado colgaba de un asa que atravesaba un hueco de la rejilla del escurreplatos, perteneciente a una taza amarilla. Monsieur Degrigou le preguntó cuidadosamente a Monsieur Maindroit si el regalo tenía que ver con la taza del candado del asa, y éste le dijo que sí, diciéndole también que la taza estaba colocada de manera que su base, donde tenía un mensaje grabado, se apoyara contra la pared, y que solo lo podría leer si abría con la “Llave de la Felicidad” el candado que estaba en su asa y que dificultaba el sacarla debido a que el candado era más ancho que el hueco que la rejilla. Tras acabar de decirle el abogado lo que tenía que hacer, Monsieur Degrigou, sudando de excitación, sacó la llavecita del bolsillo de su chaqueta, desbloqueó el candado, logró sacar el asa del hueco de la rejilla y, por lo tanto, logró tomar la taza y ver lo que había grabado en su base. Esto era lo que ponía:
    “Si estás leyendo esto es porque eres Monsieur Emmanuel Degrigou, guiado hasta aquí gracias a Monsieur Joachim Maindroit. Te hago saber que la mansión D’Argent va a pasar a la propiedad del Estado, que la convertirá en un instituto público, “Lycée Jacqueline D’Argent”. En cuanto a “La Grande Banque D’Argent”, creo que tú serías un buen director. Muchas felicidades, sobrino”
    Al leer esas palabras, Monsieur Degrigou no pudo contenerse y soltó un estridente grito de júbilo que ensordecería a cualquiera, abandonando apresuradamente la vivienda sin darle tiempo de reaccionar a Monsieur Maindroit, listo para empezar como director de su anhelado banco. “Os he vengado, padre y abuelo”- pensaba emocionado- “Por fin tenemos lo que nos pertenece”.
    (…)
    Dos años después Monsieur Emmanuel Degrigou vivía en la calle, sumido en la más absoluta miseria, sin nada que comer ni beber. Resultaba que su tía abuela y su amigo el abogado le habían tendido una trampa. Ellos dos sabían que al recibir el banco como herencia, sería lo bastante estúpido como para vender su empresa de informática a cualquiera, porque lo que de verdad le importaba era recuperar lo que le debería haber pertenecido a su abuelo y a su padre. Madame D’Argent no le había dicho en ningún momento que el banco estaba pasando por una mala época, que poco a poco más y más clientes iban cerrando sus cuentas, debido a que últimamente acusaban a todo el personal de corrupción, pero lo que nadie sabía era que Madame D’Argent y sus empleados se habían puesto de acuerdo en boicotearse a sí mismos; ella les pagaba más a cambio de que ellos robaran dinero de todas las cuentas que estaban abiertas, dinero que se usaría para causas benéficas. Tal y como predijo Madame D’Argent, Monsieur Degrigou no fue capaz de sacar el banco a flote, y “La Grande Banque D’Argent” tuvo que cerrar sus puertas para siempre. Sin trabajo y presionado por los impuestos a los que tuvo que hacer frente vaciando poco a poco su cuenta bancaria, intentó recuperar su antigua empresa, pero los nuevos dueños se negaron a devolvérsela debido a que le faltaba un céntimo del total de dinero que tenía que darles. Intentó buscar trabajo en otros lugares, hasta de basurero, pero siempre recibía un no por respuesta; se veía que se negaban a trabajar con una persona que siempre les había humillado. Monsieur Degrigou acabó perdiendo todo lo que tenía: sus coches, sus mansiones, sus muebles, su ropa… y al final tuvo que buscarse la vida por las calles de un barrio pobre de París, pidiendo limosna, buscando comida en la basura y durmiendo en cajas tapado con un periódico.
    Una mañana, Monsieur Emmanuel Degrigou fue encontrado muerto en el asfalto: se ve que la noche anterior se había gastado lo que había ganado mendigando en litros y litros de cerveza. Iba totalmente borracho por una calle mal iluminada y su estado de ebriedad le impidió ver y oír un coche que pasaba por ahí, que acabó con su vida arrollándolo y dejando su cadáver sangrando en el asfalto.

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